El invierno no le calaba los huesos.
No sabía mirar como los humanos. Apoyaba la espalda en el suelo, nunca en la pared. Se miraba la palma de la mano a cada instante. Jamás le vi tocarse el pelo. Su sonrisa era animal. Cuando iba a Madrid, traía dos imanes iguales y los guardaba en una cajita de madera. Le gustaba pintarme las uñas con colores pastel. Me contó que jamás tuvo dientes de leche. Los dragones le temían, pero los unicornios se enamoraban de él. El invierno no le calaba los huesos. La nieve no cubría sus hombros. Su coche no necesitaba ningún tipo de combustible. Su avión era de cartulina blanca. Cuando merendábamos en el bosque, dedicaba unos minutos para aullar y esperar a que algún licántropo le contestase. No le gustaba el cubismo, la letra 'y', el metro en hora punta y las aves con pico excesivamente grande. Cantaba canciones en latín y me hablaba del indoeuropeo. Se acicalaba la barba con tres dedos mientras miraba al cielo. Jamás le vi pestañear. Una vez me contó que soñó que era un pez abisal. Mataba monstruos con la mirada y escribía cuentos sin papel. Me avisaba cuando veía fantasmas. Escribía números en trozos de papel y los escondía en los árboles del parque. Creía en los extraterrestres y en los animales mitológicos. Recuerdo que una vez me confesó que no era humano. Yo no le creí, pero a día de hoy empiezo a dudar.