Quizás aquel pájaro jamás debió maullar.
Casi no le reconocía. La tierra cubría la madera y las nubes el universo. Sus pestañas ocultaban el dolor, y el silencio se hizo patente cuando su corazón dejó de latir. Escalofríos en la punta de los dedos. Cuerpo yacente. Animal malherido. Todas las palabras se extinguieron y el viento se tornó tímido. El agua oscurecida y la vida acabada. Quizás aquel pájaro jamás debió maullar. Quizás, y sólo quizás, la muerte quiso ser dulce. Aquella idea taladraba su cordura. Y el amante sufrido sonrío por primera vez.