Ahí están. Como buitres en busca de carroña. Se acomodan en sus aposentos y comienza la cacería. Si las miradas matasen, esos especímenes serían asesinos en serie. Una tras otra van cayendo las víctimas. "Esa por eso", "aquella porque más allá", "aquel por su tal". Sus risas las delatan. Son seres superiores en este mundo de débiles. Algunas víctimas se percatan de sus cazadores y con una mirada rápida lo corroboran. Sin mirar atrás pero con el corazón hecho trizas, siguen su camino. Otros, ignorantes, siguen vacilantes hasta su destino. Me sorprende que la gente se divierta así. Riéndose de las desgracias ajenas. Apuntando en tono jocoso los defectos. Yo, aquí, tomándome un café matutino, leo mi periódico a sorbos. Me han dirigido algunas miradas. Quizás se hayan percatado de que estoy atenta a todos sus movimientos. Seguro que se habrán explayado con mi persona. Cuando termino mi café, recojo mi periódico y me voy con paso torpe. Siento como sus miradas se clavan en mi espalda y me siento insegura. Intento no demostrarlo. Cuando doblo la esquina, esbozo una sonrisa y lanzo un suspiro de alivio. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que me he comportado como esos buitres. Mientras tomaba mi café y leía mi periódico, analizaba sus movimiento y las juzgaba por sus actos. Mi cara desencajada y blanca como la pared. Mi boca entreabierta y la mirada perdida. Respiración entrecortada y aliento frío. Me había convertido en lo que más odiaba.