La chica que amaba el cine bélico.

La chica que amaba el cine bélico se vistió de muñeca. Con los pies descalzos andaba sobre las lápidas. Observó el paisaje desolado y se sentó en el suelo. Esperaba a su capitán. Ella no lo amaba, todo lo contrario. Lo odiaba. Ella decía que era un ser despreciable, un monstruo sin corazón, alguien sádico y con maldad, sin embargo, la preocupación que tenía por saber de él era incontrolable.
Llevaba un pañuelo blanco con las iniciales del capitán bordadas. Tenía la intención de devolvérselo. Se mordió el labio inferior tan fuerte que acabó por hacerse una herida, y la sangre que brotaba iba resbalando poco a poco hasta llegar a su barbilla, impregnando su tez blanca de un cálido color rojo.
La espera de la pequeña se alargó más de lo esperado. Ella empezó a llorar. Su capitán no aparecía. De lo que la pequeña no se había percatado es del cuerpo que levitaba allá a lo lejos, cerca de las habitaciones de los judíos. Colgaba de una soga. Su capitán, colgaba de una soga. Y entre gritos agonizantes de sanguinarios nazis pudriéndose en el infierno, la pequeña vestida de muñeca derramaba una lágrima por cada judío asesinado, aguardando a que sus lágrimas la ahogasen esperando al capitán. A su maldito capitán.