Jirafas en llamas por todos lados. El señor de bigote extravagante me cogió de la mano y me invitó a pasar. No había nada en el horizonte. El cielo era rojo y el suelo azul. Caballos blancos de alargadas patas pisoteaban fotografías. Teléfonos rotos adornaban un árbol. Un reloj que se derretía dejó caer encima de mi cabeza una manecilla. Los poderosos elefantes con patas de araña se alzaban con un aspecto estremecedor, y con sus grandes orejas, rascaban la tenue tela que separaba aquel mundo del universo, dejando caer así, un escalofriante polvo de estrellas que quemaba mi fina piel. Grandes autómatas sin rostro observaban a las débiles jirafas ardientes que paseaban por aquel inquietante mundo. Casi padezco en el instante en que un aterrador tigre de veinte metros se abalanzó hacia mi. Se desvaneció como cenizas esparcidas por el viento. Rostros agonizantes aparecían y desaparecían en pequeños charcos de miel líquida. El señor de bigote extravagante sonreía mientras me señalaba un extraño monolito. Máscaras de carnaval, adornadas con hojas secas de otoño, sonreían de un modo espeluznante. Mariposas del tamaño de un avión, surcaban los rojizos cielos de aquel mundo, haciendo que todo se oscureciera a su paso. No había astros. Solo una colosal herida en la tela que hacía de cielo. ¿Qué se veía a través de aquella herida? Ni yo sabría describirlo. Lástima que aquel señor de extravagante bigote desapareciese, sin decir nada. Me hubiese encantado hacerle muchísimas preguntas.