Con la sonrisa dibujada en la boca cogías el brazo fonocaptor del tocadiscos y colocabas la aguja una y otra vez en la misma posición, como si de un bucle infernal se tratase. Me inquietaba como entrabas en éxtasis escuchando las voces de los 'monos árticos'. Los mismos minutos una y otra vez, acentuando mi locura. Los mismos minutos una y otra vez, acentuando tu incontrolable placer. Te mordías los labios. Mirabas al techo y echabas bocanadas de CO2. Tirabas con fuerza sobrehumana de tu camiseta, rasgándola en el acto. Te llevabas las manos a la cara, y tapándote la boca gritabas como un animal. Sentada en el quicio de la ventana contemplaba el espectáculo que estabas montando. La habitación era blanca, vacía, monótona y fría. Sobre el suelo, decenas de vinilos, fotografías en blanco y negro y carteles de conciertos de grupos ya inexistentes. En el centro estabas tú, retorciéndote de placer en el suelo mientras el vinilo se rallaba. Aquella noche se retornaba en el pasado. En la lejanía escuchaba gritos de niños reclamando libertad. 'Otro ladrillo en el muro'. No dejaba de rebotar esa frase en mi cabeza. Te pusiste de pie, y al momento caíste a plomo en el suelo, dándote un fuerte golpe en la cabeza. Era aterrador ver tu cuerpo dando pequeños espasmos a ritmo de Rock. Miré de nuevo al exterior. Seres de otro mundo paseaban por las calles. Autómatas programados. Híbridos con cuerpo de hombre y cabeza de cerdo. ¿Cabeza de cerdo? Cerebro animal.