Hizo el amago de tirarme por las escaleras, pero algo se lo impidió. Me agarró fuertemente los hombros. Zarandeó mi débil cuerpo y lo impactó contra la pared. El suelo se convirtió en mi abismo. Tenía pavor de caer y que eso reflejara mi vulnerabilidad. Como un acto reflejo tapé mi rostro con mis frías manos. Predecía el golpe. Con una sola mano me dio un pequeño empujón en el hombro. Fue suave, pero lo suficientemente certero como para conseguir que mi cuerpo se precipitara. Noté el frío de Polonia en mi mejilla. Sentía sobre mi todo el peso de la dictadura. Dictadura que me horrorizaba. Su bota aprisionaba mi cabeza contra el suelo. Por fin dejé de sentir su mirada fría clavada en mi nuca. Sin decir palabra, marchó con paso firme, recorriendo el amplio pasillo hasta llegar a su habitación. Lo observaba marcharse. Mi visión era borrosa en aquel instante, pero lo suficientemente clara como para reconocer los detalles del uniforme de mi futuro asesino. Estuve inmóvil mucho tiempo. No quería volver a la realidad. Él sabía que yo seguía ahí. Mi miedo por verlo aparecer de nuevo era horrible. Fue ese miedo el que me impulsó a levantarme. Sentía dolor. Insegura y horrorizada, me dirigí a la cocina. Al cruzar el dintel de la puerta escuché un disparo. Había empezado otra vez. Comenzaba la matanza de gente inocente. Ese era su juego, su distracción, y nadie jamás se atrevía a preguntarle por qué razón lo hacía. Yo creo saberlo, pero me da pavor pensar en ello. Me dignaba a ignorar los disparos, aunque el aroma a sangre inocente hacía palpitar mi corazón hasta el estrépito. Mi miedo era fácilmente detectable. Aunque yo lo intentase ocultar, él lo olía. Lo sentía. Y disfrutaba escuchando mi corazón al borde del infarto. Él disfrutaba con ello. Doy gracias a que aún no me ha encañonado con su rifle.