Tropezó, pero él la sujetó a tiempo. No dejaría de ningún modo dejar caer a la maravilla que había creado el universo para él. Solo y únicamente para él. Se sentía dichoso. Acariciaba y olía su pelo. 'Ni los unicornios tienen un cabello tan precioso como el tuyo', le decía a su pequeño tesoro. Ella se sonrojaba y le regalaba sus mejores sonrisas, y él... Él era feliz con solo mirarla. En las tardes frías de invierno se refugiaban en una pequeña cabaña abandonada. Ella traía tacitas y galletas. Él preparaba la mesa con un lindo mantel aflorado. Como un caballero, él le cedía su sitio, que no era más que un pequeño taburete de madera. Y a la pálida luz del sol escondido entre las nubes se pasaban las horas tomando té imaginario y galletas mientras hablaban de brujas y dragones, hadas y elfos, centauros y pegasos, hombres-lobo e incluso fantasmas. Cuando se acercaba el ocaso, rápidamente recogían los juguetes y se tumbaban sobre la hierba del prado para contemplar las estrellas. Mientras ella intentaba encontrar la osa mayor, él cogió la flor más bella del mundo, y sin apartar la mirada de sus ojos -esos ojos que tan loco le volvían,- se la ofreció como un recuerdo mágico e inmortal. 'Gracias. Eres muy dulce. Espero que estemos juntos para siempre.' Siempre... esa palabra penetró en su cabeza como una flecha envenenada. Ellos solo tenían 11 años, y todo aquello eran palabras vanas y promesas infantiles. Pero por alguna extraña razón, esa palabra no se le olvidaría jamás. 'Siempre.' Repitió él sin darse cuenta. Quién le iba a decir en aquel entonces, que después de tantos años de sufrimiento interno, esa iba a ser su última palabra en vida. 'Siempre...'