Me miraba con dureza. Como si quisiera decirme algo lo suficientemente importante como para ser sus últimas palabras. El odio estaba reflejado en sus ojos. No quería morir, pero aceptaba su destino con valentía. Apretaba mi mano con fuerza, con sus débiles fuerzas. A veces dejaba de respirar, pero en cuestión de segundos volvía como un ente demoníaco. Yo acariciaba su pelo, su mejilla. Intentaba hablarme, pero no lo conseguía. Entonces lloró. Fue la primera vez que lo vi así. Faltaban pocos minutos para que le arrebatasen la vida. Se sentía solo, a pesar de tenerme a su lado. El odio y el desprecio marcaron su vida. Su jodida y cruel vida. Las lágrimas caían, resbalando por su fina tez, pero él no hacía ningún gesto. Ahora miraba fijamente al frente, evitando mis ojos. Él sabía que yo era la única persona que le había amado. Lo sabía, pero no quería reconocerlo. Apreté su mano con fuerza, y fue entonces cuando volvió de su trance. Giró su cabeza hacia mi, y de nuevo me miró con la misma dureza de hacía diez minutos. Me abrazó. ¿Fue la primera vez que lo hacía? Estuvo así durante tres largos e intensos minutos. 'Te quiero'. Susurró con una voz tan dulce que me supo irreconocible. Acto seguido se incorporó, me miró a los ojos por última vez, y se marchó. Se marchó cabizbajo, sin apartar la mirada del suelo. La fría soledad en aquel habitáculo me hizo llorar. Quería morir. Morir con él. Tras veinte minutos de sollozos y espera, algo sobrehumano se apoderó de mi, y sin poder evitarlo, grité su nombre. Lo grité tres veces, y las tres veces no encontré respuesta. Sólo silencio. El frío y cruel silencio de 1946.
Ahora la cuerda se balanceaba. Y mi vida... mi vida también.