El universo se ríe de mi.

Enterraba sus delicadas manos en la nieve. Su piel se confundía con el paisaje helado y su vestido de encaje se empezaba a cuartear. La sangre recorría las falanges de sus dedos, y su aliento, casi inexistente, se evaporaba con la niebla. El horizonte se fundía en blancura, no sabía distinguir el cielo del suelo. Tampoco tenía fuerzas para andar. Estaba de rodillas, y sus piernas empezaban a cubrirse de nieve...

'Han pasado 48 días. Quizá 49, aunque no puedo saberlo. No sé que día era cuando ocurrió todo aquello. Tampoco sé que día es hoy. Se me escapan los días viendo como pasa el sol de un lado a otro, y con eso me creo controlar el tiempo. El universo se ríe de mi. Me mira con desprecio. Jochen, soy tan insignificante que a veces me repugno.' 

El viento azotaba su blanca piel, y de vez en cuando, ella dejaba reposar su cabeza sobre las últimas hojas muertas del otoño. Quizá ella también estaba muerta, pero no podía saberlo. El invierno violaba sus cinco sentidos, e incluso el sexto, que había heredado de su querida madre, ya lo notaba inservible.
Acariciaba la nieve con una de sus manos. La esparcía, y luego la amontonaba creando una pequeña montaña, cuya cumbre rosada era coronada por la sangre que aun perduraba en sus dedos.

'Hay días en los que pienso que estoy muerta, y otros, me dedico a esperanzarme y creer que aun me quedan algunos minutos de vida. Minutos Jochem... Como si supiera contarlos. Ahora que está todo nublado y oscuro, tanto en el exterior como en mi interior, pienso que no podré seguir contando los días. No sabré diferenciar la noche de la mañana, y cuando eso ocurra, sabré que debo morir. Si no lo estoy ya, Jochem...'

Cuando miraba al cielo, no veía las estrellas, y mucho menos las constelaciones. En aquel paisaje desolado no podía saber si había pasado al más allá o todavía seguía en aquel horrible mundo. Si hubiera podido suicidarse, ya lo habría hecho. Desde aquel fatídico 30 de Septiembre, no había articulado palabra. Tampoco tenía alguien a quien hablar. Se conformaba con escribir cartas en su mente, con papel reciclado, tinta y perfume de vainilla. 

'Cuando me reúna contigo, te daré todas estas cartas, y tú a cambio me subirás al ave colosal que surca los cielos. Dime que lo harás Jochem. Dime que lo harás...'