Se incendiaron sus pensamientos al escuchar los disparos. El universo se tiñó de rojo carmesí y el corazón del demonio latió por primera vez. No caería. Su rey no caería aún.

Demasiado tarde... Evgene.

-Me dijiste una vez que mi corazón cicatrizaría. Lo mismo hará el tuyo.
-¿Y ha cicatrizado? ¿Se ha curado tu corazón?
-No... dios.. qué dolor.
-¿Se ha curado? Creo que no...
-Duele...
-¿Por qué? ¿Por qué duele? ¿Por qué?
-¡Duele!
-Dime.. ¡¿Por qué duele?!
-¡Porque llegas demasiado tarde! Sí, demasiado tarde... Evgene...
-Sálvame.. sálvame.
-No puedo salvarte.
-Tienes que salvarme.
-No puedo.
-Dime que me amas. Por favor, dímelo. Miénteme. Dime que me amas.
-Te amo. Sí, te amo... Pero soy esposa de otro hombre ¿lo entiendes? Y le he dado mi palabra, y le voy a ser fiel. Lo seré. Debes irte, sí, debes irte. Debes dejarme, por favor. No puedo volver a verte, nunca vuelvas aquí... Nunca vuelvas aquí. Por favor. Lo siento. Lo siento...


Onegin y Tatiana. Onegin (1999)
Acariciar los huesos de la almohada, esperando encontrar un recuerdo físico de lo que allí ocurrió. 
No sabe dónde está. Tampoco a dónde ir. La oscuridad le ciega y el miedo se divierte. Mira sus manos. La punta de los dedos oscuras como el abismo. ¿Desaparecería? Sus mejillas humedecidas por las lágrimas. Ya no sabe nada. Tan sólo sabe la oscuridad.
'Sólo tienes que avisar'. Y jamás lo hizo. Bajó del taxi y no pude gritar. Miles de universos sin crear y nieve sin incendiar. 

Quizás aquel pájaro jamás debió maullar.

Casi no le reconocía. La tierra cubría la madera y las nubes el universo. Sus pestañas ocultaban el dolor, y el silencio se hizo patente cuando su corazón dejó de latir. Escalofríos en la punta de los dedos. Cuerpo yacente. Animal malherido. Todas las palabras se extinguieron y el viento se tornó tímido. El agua oscurecida y la vida acabada. Quizás aquel pájaro jamás debió maullar. Quizás, y sólo quizás, la muerte quiso ser dulce. Aquella idea taladraba su cordura. Y el amante sufrido sonrío por primera vez. 
El niño de Vitoria. El joven cazador de historias. El eterno soñador y la voz del misterio. Gracias maestro, y felicidades.

El invierno no le calaba los huesos.

No sabía mirar como los humanos. Apoyaba la espalda en el suelo, nunca en la pared. Se miraba la palma de la mano a cada instante. Jamás le vi tocarse el pelo. Su sonrisa era animal. Cuando iba a Madrid, traía dos imanes iguales y los guardaba en una cajita de madera. Le gustaba pintarme las uñas con colores pastel. Me contó que jamás tuvo dientes de leche. Los dragones le temían, pero los unicornios se enamoraban de él. El invierno no le calaba los huesos. La nieve no cubría sus hombros. Su coche no necesitaba ningún tipo de combustible. Su avión era de cartulina blanca. Cuando merendábamos en el bosque, dedicaba unos minutos para aullar y esperar a que algún licántropo le contestase. No le gustaba el cubismo, la letra 'y', el metro en hora punta y las aves con pico excesivamente grande. Cantaba canciones en latín y me hablaba del indoeuropeo. Se acicalaba la barba con tres dedos mientras miraba al cielo. Jamás le vi pestañear. Una vez me contó que soñó que era un pez abisal. Mataba monstruos con la mirada y escribía cuentos sin papel. Me avisaba cuando veía fantasmas. Escribía números en trozos de papel y los escondía en los árboles del parque. Creía en los extraterrestres y en los animales mitológicos. Recuerdo que una vez me confesó que no era humano. Yo no le creí, pero a día de hoy empiezo a dudar. 

Deseo despertar.

Hoy deseo alpiste. Deseo aterrizar. Deseo observar y vigilar. Deseo pescar. Deseo alimentar. Deseo buscar y encontrar. Deseo tocar las nubes. Deseo piar. Deseo madrugar. Deseo emigrar. Deseo viento de poniente. Deseo sumergirme. Deseo garras. Deseo extinguirme. Deseo cautiverio. Deseo alas de colores. Deseo peces. Deseo despertar. Deseo frío y calor. Deseo néctar. Deseo no dormir. Deseo olvidar. Deseo matar. Deseo bucear. Deseo inconsciencia. Deseo arañar. Deseo emprender el vuelo.
Hoy deseo ser un pájaro. 
Habitación vacía. Frente a frente. Las palabras no existen. La nada. Sus ojos me observaban con odio. ¿Qué pretende encontrar? La nada otra vez. Explosiones. Él no se inmuta. Está acostumbrado, lo sé. ¿Cuántos han sido esta vez? ¿Dos? ¿Veinte? ¿Todos? Me encantaría matar. Y la nada. ¿Dónde está la vajilla rota? Aparta su mirada. El techo es el cielo. ¿La nada? Alguien está detrás de mí. Cielo de sangre. Ganas de odiar. ¿Es esa la taza que te regalé? Revolución. ¿Por qué? Nubes con la mente. Sonrisa de incredulidad. ¿Es sangre lo que recorre tu rostro? Nada. Quedan lágrimas por derramar. Olvídalo. ¿Otra vez? Tardes de discordia. Animales imaginarios. Vuelve el frío. Noches de risas. Mañanas de terror. Sigue matando. Nada recurrente. Estaré mirando por la ventana. Que sea cierto el jamás. No tardes en volver. 

El universo se ríe de mi.

Enterraba sus delicadas manos en la nieve. Su piel se confundía con el paisaje helado y su vestido de encaje se empezaba a cuartear. La sangre recorría las falanges de sus dedos, y su aliento, casi inexistente, se evaporaba con la niebla. El horizonte se fundía en blancura, no sabía distinguir el cielo del suelo. Tampoco tenía fuerzas para andar. Estaba de rodillas, y sus piernas empezaban a cubrirse de nieve...

'Han pasado 48 días. Quizá 49, aunque no puedo saberlo. No sé que día era cuando ocurrió todo aquello. Tampoco sé que día es hoy. Se me escapan los días viendo como pasa el sol de un lado a otro, y con eso me creo controlar el tiempo. El universo se ríe de mi. Me mira con desprecio. Jochen, soy tan insignificante que a veces me repugno.' 

El viento azotaba su blanca piel, y de vez en cuando, ella dejaba reposar su cabeza sobre las últimas hojas muertas del otoño. Quizá ella también estaba muerta, pero no podía saberlo. El invierno violaba sus cinco sentidos, e incluso el sexto, que había heredado de su querida madre, ya lo notaba inservible.
Acariciaba la nieve con una de sus manos. La esparcía, y luego la amontonaba creando una pequeña montaña, cuya cumbre rosada era coronada por la sangre que aun perduraba en sus dedos.

'Hay días en los que pienso que estoy muerta, y otros, me dedico a esperanzarme y creer que aun me quedan algunos minutos de vida. Minutos Jochem... Como si supiera contarlos. Ahora que está todo nublado y oscuro, tanto en el exterior como en mi interior, pienso que no podré seguir contando los días. No sabré diferenciar la noche de la mañana, y cuando eso ocurra, sabré que debo morir. Si no lo estoy ya, Jochem...'

Cuando miraba al cielo, no veía las estrellas, y mucho menos las constelaciones. En aquel paisaje desolado no podía saber si había pasado al más allá o todavía seguía en aquel horrible mundo. Si hubiera podido suicidarse, ya lo habría hecho. Desde aquel fatídico 30 de Septiembre, no había articulado palabra. Tampoco tenía alguien a quien hablar. Se conformaba con escribir cartas en su mente, con papel reciclado, tinta y perfume de vainilla. 

'Cuando me reúna contigo, te daré todas estas cartas, y tú a cambio me subirás al ave colosal que surca los cielos. Dime que lo harás Jochem. Dime que lo harás...'


El frío y cruel silencio de 1946.

Me miraba con dureza. Como si quisiera decirme algo lo suficientemente importante como para ser sus últimas palabras. El odio estaba reflejado en sus ojos. No quería morir, pero aceptaba su destino con valentía. Apretaba mi mano con fuerza, con sus débiles fuerzas. A veces dejaba de respirar, pero en cuestión de segundos volvía como un ente demoníaco. Yo acariciaba su pelo, su mejilla. Intentaba hablarme, pero no lo conseguía. Entonces lloró. Fue la primera vez que lo vi así. Faltaban pocos minutos para que le arrebatasen la vida. Se sentía solo, a pesar de tenerme a su lado. El odio y el desprecio marcaron su vida. Su jodida y cruel vida. Las lágrimas caían, resbalando por su fina tez, pero él no hacía ningún gesto. Ahora miraba fijamente al frente, evitando mis ojos. Él sabía que yo era la única persona que le había amado. Lo sabía, pero no quería reconocerlo. Apreté su mano con fuerza, y fue entonces cuando volvió de su trance. Giró su cabeza hacia mi, y de nuevo me miró con la misma dureza de hacía diez minutos. Me abrazó. ¿Fue la primera vez que lo hacía? Estuvo así durante tres largos e intensos minutos. 'Te quiero'. Susurró con una voz tan dulce que me supo irreconocible. Acto seguido se incorporó, me miró a los ojos por última vez, y se marchó. Se marchó cabizbajo, sin apartar la mirada del suelo. La fría soledad en aquel habitáculo me hizo llorar. Quería morir. Morir con él. Tras veinte minutos de sollozos y espera, algo sobrehumano se apoderó de mi, y sin poder evitarlo, grité su nombre. Lo grité tres veces, y las tres veces no encontré respuesta. Sólo silencio. El frío y cruel silencio de 1946.
Ahora la cuerda se balanceaba. Y mi vida... mi vida también.

Ni los unicornios tienen un cabello tan precioso como el tuyo.

Tropezó, pero él la sujetó a tiempo. No dejaría de ningún modo dejar caer a la maravilla que había creado el universo para él. Solo y únicamente para él. Se sentía dichoso. Acariciaba y olía su pelo. 'Ni los unicornios tienen un cabello tan precioso como el tuyo', le decía a su pequeño tesoro. Ella se sonrojaba y le regalaba sus mejores sonrisas, y él... Él era feliz con solo mirarla. En las tardes frías de invierno se refugiaban en una pequeña cabaña abandonada. Ella traía tacitas y galletas. Él preparaba la mesa con un lindo mantel aflorado. Como un caballero, él le cedía su sitio, que no era más que un pequeño taburete de madera. Y a la pálida luz del sol escondido entre las nubes se pasaban las horas tomando té imaginario y galletas mientras hablaban de brujas y dragones, hadas y elfos, centauros y pegasos, hombres-lobo e incluso fantasmas. Cuando se acercaba el ocaso, rápidamente recogían los juguetes y se tumbaban sobre la hierba del prado para contemplar las estrellas. Mientras ella intentaba encontrar la osa mayor, él cogió la flor más bella del mundo, y sin apartar la mirada de sus ojos -esos ojos que tan loco le volvían,- se la ofreció como un recuerdo mágico e inmortal. 'Gracias. Eres muy dulce. Espero que estemos juntos para siempre.' Siempre... esa palabra penetró en su cabeza como una flecha envenenada. Ellos solo tenían 11 años, y todo aquello eran palabras vanas y promesas infantiles. Pero por alguna extraña razón, esa palabra no se le olvidaría jamás. 'Siempre.' Repitió él sin darse cuenta. Quién le iba a decir en aquel entonces, que después de tantos años de sufrimiento interno, esa iba a ser su última palabra en vida. 'Siempre...'

Noté el frío de Polonia en mi mejilla.

Hizo el amago de tirarme por las escaleras, pero algo se lo impidió. Me agarró fuertemente los hombros. Zarandeó mi débil cuerpo y lo impactó contra la pared. El suelo se convirtió en mi abismo. Tenía pavor de caer y que eso reflejara mi vulnerabilidad. Como un acto reflejo tapé mi rostro con mis frías manos. Predecía el golpe. Con una sola mano me dio un pequeño empujón en el hombro. Fue suave, pero lo suficientemente certero como para conseguir que mi cuerpo se precipitara. Noté el frío de Polonia en mi mejilla. Sentía sobre mi todo el peso de la dictadura. Dictadura que me horrorizaba. Su bota  aprisionaba mi cabeza contra el suelo. Por fin dejé de sentir su mirada fría clavada en mi nuca. Sin decir palabra, marchó con paso firme, recorriendo el amplio pasillo hasta llegar a su habitación. Lo observaba marcharse. Mi visión era borrosa en aquel instante, pero lo suficientemente clara como para reconocer los detalles del uniforme de mi futuro asesino. Estuve inmóvil mucho tiempo. No quería volver a la realidad. Él sabía que yo seguía ahí. Mi miedo por verlo aparecer de nuevo era horrible. Fue ese miedo el que me impulsó a levantarme. Sentía dolor. Insegura y horrorizada, me dirigí a la cocina. Al cruzar el dintel de la puerta escuché un disparo. Había empezado otra vez. Comenzaba la matanza de gente inocente. Ese era su juego, su distracción, y nadie jamás se atrevía a preguntarle por qué razón lo hacía. Yo creo saberlo, pero me da pavor pensar en ello. Me dignaba a ignorar los disparos, aunque el aroma a sangre inocente hacía palpitar mi corazón hasta el estrépito. Mi miedo era fácilmente detectable. Aunque yo lo intentase ocultar, él lo olía. Lo sentía. Y disfrutaba escuchando mi corazón al borde del infarto. Él disfrutaba con ello. Doy gracias a que aún no me ha encañonado con su rifle.

Floyd y los Monos Árticos.

Con la sonrisa dibujada en la boca cogías el brazo fonocaptor del tocadiscos y colocabas la aguja una y otra vez en la misma posición, como si de un bucle infernal se tratase. Me inquietaba como entrabas en éxtasis escuchando las voces de los 'monos árticos'. Los mismos minutos una y otra vez, acentuando mi locura. Los mismos minutos una y otra vez, acentuando tu incontrolable placer. Te mordías los labios. Mirabas al techo y echabas bocanadas de CO2. Tirabas con fuerza sobrehumana de tu camiseta, rasgándola en el acto. Te llevabas las manos a la cara, y tapándote la boca gritabas como un animal. Sentada en el quicio de la ventana contemplaba el espectáculo que estabas montando. La habitación era blanca, vacía, monótona y fría. Sobre el suelo, decenas de vinilos, fotografías en blanco y negro y carteles de conciertos de grupos ya inexistentes. En el centro estabas tú, retorciéndote de placer en el suelo mientras el vinilo se rallaba. Aquella noche se retornaba en el pasado. En la lejanía escuchaba gritos de niños reclamando libertad. 'Otro ladrillo en el muro'. No dejaba de rebotar esa frase en mi cabeza. Te pusiste de pie, y al momento caíste a plomo en el suelo, dándote un fuerte golpe en la cabeza. Era aterrador ver tu cuerpo dando pequeños espasmos a ritmo de Rock. Miré de nuevo al exterior. Seres de otro mundo paseaban por las calles. Autómatas programados. Híbridos con cuerpo de hombre y cabeza de cerdo. ¿Cabeza de cerdo? Cerebro animal.

Jirafas ardientes.

Jirafas en llamas por todos lados. El señor de bigote extravagante me cogió de la mano y me invitó a pasar. No había nada en el horizonte. El cielo era rojo y el suelo azul. Caballos blancos de alargadas patas pisoteaban fotografías. Teléfonos rotos adornaban un árbol. Un reloj que se derretía dejó caer encima de mi cabeza una manecilla. Los poderosos elefantes con patas de araña se alzaban con un aspecto estremecedor, y con sus grandes orejas, rascaban la tenue tela que separaba aquel mundo del universo, dejando caer así, un escalofriante polvo de estrellas que quemaba mi fina piel. Grandes autómatas sin rostro observaban a las débiles jirafas ardientes que paseaban por aquel inquietante mundo. Casi padezco en el instante en que un aterrador tigre de veinte metros se abalanzó hacia mi. Se desvaneció como cenizas esparcidas por el viento. Rostros agonizantes aparecían y desaparecían en pequeños charcos de miel líquida. El señor de bigote extravagante sonreía mientras me señalaba un extraño monolito. Máscaras de carnaval, adornadas con hojas secas de otoño, sonreían de un modo espeluznante. Mariposas del tamaño de un avión, surcaban los rojizos cielos de aquel mundo, haciendo que todo se oscureciera a su paso. No había astros. Solo una colosal herida en la tela que hacía de cielo. ¿Qué se veía a través de aquella herida? Ni yo sabría describirlo. Lástima que aquel señor de extravagante bigote desapareciese, sin decir nada. Me hubiese encantado hacerle muchísimas preguntas.
"La llevaría al bosque, y sin hacerle daño le pegaría un tiro en la nuca."

La chica que amaba el cine bélico.

La chica que amaba el cine bélico se vistió de muñeca. Con los pies descalzos andaba sobre las lápidas. Observó el paisaje desolado y se sentó en el suelo. Esperaba a su capitán. Ella no lo amaba, todo lo contrario. Lo odiaba. Ella decía que era un ser despreciable, un monstruo sin corazón, alguien sádico y con maldad, sin embargo, la preocupación que tenía por saber de él era incontrolable.
Llevaba un pañuelo blanco con las iniciales del capitán bordadas. Tenía la intención de devolvérselo. Se mordió el labio inferior tan fuerte que acabó por hacerse una herida, y la sangre que brotaba iba resbalando poco a poco hasta llegar a su barbilla, impregnando su tez blanca de un cálido color rojo.
La espera de la pequeña se alargó más de lo esperado. Ella empezó a llorar. Su capitán no aparecía. De lo que la pequeña no se había percatado es del cuerpo que levitaba allá a lo lejos, cerca de las habitaciones de los judíos. Colgaba de una soga. Su capitán, colgaba de una soga. Y entre gritos agonizantes de sanguinarios nazis pudriéndose en el infierno, la pequeña vestida de muñeca derramaba una lágrima por cada judío asesinado, aguardando a que sus lágrimas la ahogasen esperando al capitán. A su maldito capitán.

Café matutino.

Ahí están. Como buitres en busca de carroña. Se acomodan en sus aposentos y comienza la cacería. Si las miradas matasen, esos especímenes serían asesinos en serie. Una tras otra van cayendo las víctimas. "Esa por eso", "aquella porque más allá", "aquel por su tal". Sus risas las delatan. Son seres superiores en este mundo de débiles. Algunas víctimas se percatan de sus cazadores y con una mirada rápida lo corroboran. Sin mirar atrás pero con el corazón hecho trizas, siguen su camino. Otros, ignorantes, siguen vacilantes hasta su destino. Me sorprende que la gente se divierta así. Riéndose de las desgracias ajenas. Apuntando en tono jocoso los defectos. Yo, aquí, tomándome un café matutino, leo mi periódico a sorbos. Me han dirigido algunas miradas. Quizás se hayan percatado de que estoy atenta a todos sus movimientos. Seguro que se habrán explayado con mi persona. Cuando termino mi café, recojo mi periódico y me voy con paso torpe. Siento como sus miradas se clavan en mi espalda y me siento insegura. Intento no demostrarlo. Cuando doblo la esquina, esbozo una sonrisa y lanzo un suspiro de alivio. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que me he comportado como esos buitres. Mientras tomaba mi café y leía mi periódico, analizaba sus movimiento y las juzgaba por sus actos. Mi cara desencajada y blanca como la pared. Mi boca entreabierta y la mirada perdida. Respiración entrecortada y aliento frío. Me había convertido en lo que más odiaba.